El realismo elástico de Juan Pablo Villalobos

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—Ricardo Piglia decía que cuando utilizas tu nombre propio para señalar a un personaje lo que haces es invertir el mecanismo del seudónimo. Yo hago eso: creo una trama ficticia y le pongo mi nombre al protagonista — dice —sentado en un café de la calle Consell de Cent de Barcelona— el escritor Juan Pablo Villalobos.

En No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016), novela mitad policial, mitad comedia absurda, Juan Pablo Villalobos es un mexicano que en 2003 viaja a Barcelona a cursar un doctorado en teoría literaria y termina involucrado en una mafia internacional de blanqueo de capitales que incluye a inmigrantes chinos y pakistaníes, políticos catalanes y jefes de policía. Su relato comienza con un primo que ya desde su juventud sumerge al personaje en “proyectos” que nunca pueden concluir bien. Así, su vida, hasta entonces tan aburrida que no alcanzaba ni para una novela autobiográfica, llega a un punto de giro al mudarse a España con su novia Valentina.

La historia del Villalobos escritor, en cambio, empieza así: hijo de una ama de casa —María Elena— y un médico —Ángel—, es el segundo de cinco hermanos —un médico, un pintor, un músico y una abogada— que llegó a la lectura gracias a los libros que le prestaba uno de sus tíos. Desde los 13 años leyó a Gabriel García Márquez, a Carlos Fuentes, a Mario Vargas Llosa —“autores con los que hoy tengo muchas diferencias”, dice.  El chico, nacido en Guadalajara en 1973 y criado en la localidad de Lagos de Moreno, jugaba al fútbol en el colegio La Salle. Con el deporte descubrió que los matones de la escuela ya no se metían con él y recorrió medio México en autobús para participar en torneos infantiles. Era defensa central. Jugó hasta los 15.

—¿No soñaste con ser profesional?

—Nunca me planteé ser futbolista como no me había planteado ser escritor. A lo mejor mi talento en las canchas no lo era tanto.

—¿Y por qué lo dejó?

—Porque en el bachillerato llegan el alcohol, las mujeres y otras cosas.

Una de esas cosas fue la literatura. Pasó por los autores del boom latinoamericano y siguió con Jorge Ibargüengoitia, con Juan Carlos Onetti, con Felisberto Hernández, con Boris Vian, con Ernest Hemingway, con Scott Fitzgerald, entre otros que lo influenciaron en distintas etapas. En paralelo, dejó Lagos de Moreno para irse a cursar el instituto en Guadalajara. Leía y escribía y le daba de leer sus textos a familiares, novias y amigos. La primera vez que leyó algo suyo en público fue la noche de Navidad de 1986, quizás 1987. Su madre y su abuela terminaban de recoger la mesa después de la cena y el niño de 13 o 14 años de entonces quiso mostrarles con orgullo lo que había escrito. Era la historia de un chico que en Nochebuena decide suicidarse.

—Debieron de pensar que necesitaba un psicólogo.

El escritor acumuló hasta 400 páginas de relatos, poemas y canciones en una carpeta que uno de sus amigos perdió en la adolescencia. Siempre vio la literatura como pasatiempo y no como oficio. Por eso decidió estudiar Económicas en la Universidad Panamericana de Guadalajara. Quería una carrera que le diera dinero para vivir. La terminó y consiguió trabajo en el área de marketing de un laboratorio farmacéutico hasta que un día llegó el conflicto: supo que eso no era lo que quería hacer.

—Cuando tenía 25 años me vino una crisis vocacional. Entendí que no quería dedicar mi vida al marketing y me planteé seriamente la posibilidad de escribir. Me fui a estudiar Literatura Hispánica en la Universidad Veracruzana de Xalapa. Mis padres trataron de convencerme de que no lo hiciera. Conforme se dieron cuenta de que iba en serio, lo aceptaron. En Xalapa me hice escritor, aprendí a analizar textos, a disfrutar la literatura. Allá viví hasta los 30 años hasta que me mudé a Barcelona en 2003.

El autor llegó a España con la idea de hacer un doctorado y regresar a México al cabo de tres años. Las circunstancias lo llevaron a quedarse en Cataluña: se separó de su novia mexicana, conoció a su pareja actual —la brasileña Andreia—, no terminó su tesis, tuvo a sus hijos Mateo y Sofía, consiguió trabajo en una empresa de comercio electrónico y escribió su primera novela.  Villalobos recuerda el proceso de publicación así: en mayo de 2009, harto de esperar por editoriales que no se decidían a publicar el manuscrito, vio en el sitio web de Anagrama la información que buscaba. Imprimió la obra y le pegó un post it: “Para el premio Herralde”, escribió a mano antes de enviarla por correo. No esperaba ninguna respuesta. Se había acostumbrado al rechazo. Ya le había pasado antes con un libro de cuentos que nadie quiso. Recibió un email poco después. Decía: recibimos su manuscrito y le contactaremos si es necesario. Lo imprimió y lo metió entre las páginas de Los detectives salvajes, la obra de Roberto Bolaño. En septiembre de ese año le llegó otro correo: Jorge Herralde quería reunirse con él.

—Me quedé alucinado. No pensé que iban a leerlo. Me dijo que no la tomarían en cuenta para el premio pero que le había gustado y quería publicarla. A partir de ahí todo fue muy rápido. Firmé contrato, se presentó la novela, vinieron las traducciones. Fue una bola de nieve que salió de la nada y se hizo cada vez más grande.

A la publicación de Fiesta en la madriguera (Anagrama, 2010)— le siguieron una serie de hechos: se mudó a Brasil en 2011 insatisfecho por su trabajo, publicó su segunda novela —Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama, 2012)—, escribió una tercera por encargo —No estilo de Jalisco (Realejo, 2014)—, regresó a Barcelona en 2014 tras sentirse aislado, publicó su cuarta novela —Te vendo un perro (Anagrama, 2015)— y, ya en 2016, obtuvo el Premio Herralde por No voy a pedirle a nadie que me crea.

En esa obra premiada, Villalobos toma hechos reales de su propia vida para llevarlos al absurdo. “Experimentos de elasticidad del realismo”, los llama.

—Creo que todo viene de una especie de cansancio provocado por la crónica, el testimonio o la literatura autobiográfica, que han traído esta idea de la literatura de la experiencia que vemos en las mesas de novedades de todas las librerías. Esa es una idea muy literal de la literatura, no literaria. Hemos perdido nuestra capacidad como lectores. Vamos a una lectura superficial: nos creemos todo lo que nos dicen. La literatura testimonial explica el ‘qué pasó’; la pregunta de la ficción es ‘qué pasaría si’. Yo hice una especie de mezcla entre estas dos interrogantes: ‘qué hubiera pasado si’.

La respuesta a su pregunta fue una novela que parodia la autoficción.

El Juan Pablo Villalobos personaje encuentra una salida a sus preocupaciones en la escritura de una obra testimonial titulada también No voy a pedirle a nadie que me crea, en la que se lee: “No escribo para pedir perdón, no escribo para justificarme, para dar explicaciones, no es una confesión. Escribo porque en el fondo soy un cínico que lo único que ha querido siempre es escribir una novela”.

El Juan Pablo Villalobos real vive de la literatura. Escribe novelas y cuentos, traduce, hace textos por encargo, da cursos, recibe una beca, lee.

—En realidad escribo porque es lo que quiero hacer, porque esa es mi vida. Escribo, en el fondo, para seguir escribiendo. Uno empieza a escribir porque quiere decir cosas que le parecen importantes sobre la existencia, porque uno cree que tiene algo que decir, pero una vez que publica es una especie de vicio.

Hoy, el escritor trabaja en otros proyectos —sí, también se involucra en proyectos— de literatura en los que realidad y ficción se unen entre sí. Juan Pablo Villalobos personaje, en cambio, quedará atrapado en la realidad alternativa de la novela.

(Publicado en Zenda Libros)

(Foto: Cortesía Ana Schulz)

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