Edgar Borges, literatura contra la realidad

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Edgar Borges (Caracas, 1966) dicta desde 2015 talleres de creación literaria a pacientes con trastornos neurológicos en el instituto María Wolf Alzhéimer de Madrid. La experiencia le sirvió para reforzar una idea en la que trabajaba desde hace un tiempo: una novela sobre el Alzhéimer protagonizada por un librero que sufre de la enfermedad. El olvido de Bruno (Carena, Barcelona, 2016) fue el resultado de su inmersión en el tema, una obra en la que la imaginación intenta llenar los vacíos de la memoria.

Al venezolano le interesa llevar a la ficción a seres especiales, víctimas de males que alteran la conducta humana. Ya en El hombre no mediático que leía a Peter Handke (En Huida, Sevilla, 2012) perfiló a un personaje con autismo. Borges encuentra en la literatura una forma de terapia, que si no salva por lo menos alivia. “Si los que escribimos no pudiésemos hacerlo estaríamos internados o con problemas de esquizofrenia. La literatura me permite comprender la realidad que camino”, dice. Su nuevo libro intenta ser una metáfora contra el olvido, que es también una batalla de la escritura. “El arte es una de las pocas formas de permanencia que tiene lo humano para que su paso pueda ser recordado. Por encima de la vida quedan los libros, toda una ilación de historias que, como Sherezade, contamos para retar a la muerte. La literatura es lo que nos sobrevive”.

La vida de Edgar Borges está marcada por su niñez. Hijo menor de Hercilia —diseñadora de ropa­— y Robert ­­—comerciante—, tenía siete años cuando vio en la televisión que anunciaban cuentos de Gabriel García Márquez, cómics y una revista que traía en la portada la cara de Albert Einstein. Se los pidió a su madre de cumpleaños. “Esos tres regalos marcaron mi necesidad de leer. A partir de ese momento pedí libros, historietas y revistas”, recuerda Borges. La lectura lo llevó a crear historias en clave lúdica, especies de radionovelas que inventaba con su hermana Dalia. El juego lo guió a la escritura: a los nueve años se atrevió a hacer una novela —“desastrosa”, según él—. Borges, en su infancia, no quiso ser futbolista ni médico ni astronauta. Lo suyo siempre fue escribir. “Quería escribir porque leía mucho, quería emular las historias que leía”.

De niño Borges leyó a Franz Kafka, a Charles Dickens, a Edgar Allan Poe, a Gabriel García Márquez. “Cuando entré en la adultez, la literatura ya formaba parte de mi vida”, cuenta. Después se encontró con Julio Cortázar, Albert Camus, José Antonio Ramos Sucre, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Virginia Woolf, Arthur Rimbaud, Enrique Vila-Matas. “Cortázar fue determinante. Cambió por completo mi noción de la literatura. Me hizo entender que es posible hacer una literatura participativa, que involucre al lector, que vaya más allá de la estructura clásica de principio, desarrollo y final. Eso me invitó como escritor a hacer obras con un objetivo similar”.

Así, aquel chico tímido criado en la parroquia caraqueña de Coche, abstraído en su propio mundo, que se acercó a los libros por la televisión, hizo de la escritura su forma de ganarse la vida. Primero estudió Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela, luego comenzó a trabajar como periodista en distintos medios de su país (el Bloque de Armas, Bohemia, RCR). Se involucró tanto en el oficio que nunca entregó su tesis de Grado. En paralelo, hacía literatura. Tenía 26 años cuando publicó su primer libro —Sonido Urbano, calle, salsa y cuentos (Tropykos, Caracas, 1992)— que le valió participar en el Foro joven “Literatura y Compromiso”, un encuentro de un mes en Málaga en el que escritores noveles dialogaban con autores como José Saramago, Mario Benedetti y Jorge Amado, entre otros. Ese fue el inicio de una obra que ya suma 15 títulos publicados en Venezuela, España, Estados Unidos, Colombia, México e Italia.

Edgar Borges divide su literatura en dos: antes y después de la escritura de La monstrua, la mujer que jamás invitaron a bailar (Warp, Bogotá, 1999). Esa novela le marcó el camino que seguiría después, alejado de sus publicaciones iniciales más cercanas al periodismo. “Los primeros libros son lo que son, un proceso de aprendizaje. Hoy me atrae una literatura que mueva el suelo de la realidad, que no la engorde, que la contradiga, que le permita al lector conmocionarse y le haga comprender que la realidad es una construcción, como si fuera una matriz diseñada por otro. El realismo en la literatura no me interesa. Para mí la ficción es la subversión del pensamiento ante la comodidad de lo ya creado. Nadie hace ficción si se siente conforme con el suelo que pisa”.

Esa inconformidad fue lo que hizo que Borges dejara Venezuela en 2007 para aterrizar en España. Llegó a Gijón, donde estuvo cinco años; después a Barcelona, con una beca residencia en el Centre d’Art La Rectoría; hasta que se fue a Madrid, donde hoy reside. “Nunca me sentí satisfecho con el planteamiento literario que hay en Venezuela. Me parece que era pacato, cuadrado, regionalista. El mercado editorial, si es que se puede hablar de mercado, está saturado de realidad. Eso está bien para el periodismo. Si los escritores corremos tras la realidad, no creamos. Uno lo que hace es distorsionarla. Allá no podía hacer lo que quería. Por eso me vine”, explica. Borges aún busca un lugar donde la ficción sea importante. Todavía no lo encuentra. “Hallarlo sería una utopía. La búsqueda continua y no hay frustración posible porque la literatura también es una enfermedad”. Y, ya se ha dicho, a Borges le atraen enfermedades que afectan el alma.

Publicado en Revista de Letras.

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