Emigrar de Venezuela para hacer cine

Cine afuraEl cine venezolano ha ganado notoriedad internacional en los últimos años: la Concha de Oro de Pelo malo (Mariana Rondón) en el Festival de San Sebastián en 2013, el Goya a la Mejor Película Hispanoamericana de Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari) en 2014, el León de Oro de Desde allá (Lorenzo Vigas) en el Festival de Venecia en 2015. Reconocimientos que comienzan a visibilizar una filmografía que ya suma más de un siglo de historia. El éxito en certámenes en el extranjero no garantiza la consolidación de una industria: en lo que va de 2016 solo se han estrenado seis largometrajes nacionales en salas comerciales. Ante tal panorama —falta de recursos económicos, dificultades de producción, carencia de especialistas, reducción de horarios y funciones— varios directores optan por desarrollar su carrera en otros lugares: la lista de cineastas venezolanos que hacen películas que no representan a su nación de origen crece con el paso del tiempo.

A Jonathan Jakubowicz, por ejemplo, se le vio desfilar por la alfombra roja del pasado Festival de Cannes. El cineasta posó ante las cámaras junto a Robert De Niro, Usher y Edgar Ramírez. Todos viajaron al evento francés para el estreno mundial de Hands of Stone, una coproducción entre Estados Unidos y Panamá que ficciona la vida del exboxeador Roberto “Mano ‘e piedra” Durán. El largometraje, que se proyectará desde el 26 de agosto en territorio norteamericano, contó con un presupuesto aproximado de 20 millones de dólares y será distribuido por The Weinstein Company, uno de los principales publisher de Hollywood que suele tener nominaciones al Óscar.

La historia de Jakubowicz (Caracas, 1978) ya es conocida en el sector: su ópera prima de ficción, Secuestro express —un thriller de corte social acerca de una banda que se dedica a raptar personas— se convirtió en una de las cintas más vistas y polémicas en el país: en 2005 acumuló casi un millón espectadores y se habló de ella como parte de una conspiración política en contra del expresidente Hugo Chávez —por retratar una práctica delictiva que es común en Venezuela. El director desde entonces vive entre Los Ángeles, Ciudad de Panamá y Nueva York. Al caraqueño le costó concretar su segundo filme: en 2009, luego de un intento fallido de adaptar La reina del sur —la novela de Arturo Pérez Reverte— y tras rechazar todos los guiones que le llegaban, comenzó a gestar su propio proyecto sobre el pugilista panameño, cuyas primeras noticias se remontan a 2010 con el anuncio de que el mexicano Gael García Bernal lo protagonizaría; en 2013 se informó que Edgar Ramírez lo sustituiría por incompatilibidad de fechas del primero; en 2014 se finalizó el rodaje y no fue hasta mayo pasado cuando, por fin, se estrenó.

Robert De Niro no solo interpreta al entrenador Ray Arcel. Jakubowicz ya ha dicho en entrevistas que el actor estadounidense fue una suerte de padrino del largometraje. Nadie hacía nada sin consultárselo. Hasta convenció al músico Rubén Blades para que se uniera al reparto. Hands of Stone es una película independiente que contó con el apoyo de Robin Durán, uno de los hijos de “Mano ‘e piedra”, y el financiamiento de otras productoras (Fuego Films, Epicentral Studios, La Piedra Films, Panama Cinema, Vertical Media, Large Screen Cinema Productions). El filme seguirá su recorrido internacional el mes que viene. Mientras, Jakubowicz ya prepara otro proyecto para 2017 en el que también participarán Ramírez y De Niro. La carrera del cineasta parece despegar en el exterior después de 11 años de ausencia de la pantalla grande.

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El caso de Jonathan Jakubowicz no es único en Venezuela: hay una serie de directores que desde hace unos años hace cine allende sus fronteras. El antecedente más conocido es Fina Torres. Luego de ganar la Cámara de Oro en Cannes a la mejor ópera prima por Oriana (1985), dirigió la comedia romántica Mecánicas celestes (1995) en Francia antes de debutar en Estados Unidos con Woman on top (2000), una película protagonizada por Penélope Cruz que tuvo dispares resultados de crítica y taquilla —ocho millones de presupuesto, diez de recaudación. Tras aquellas experiencias, Torres regresó al cine nacional con Habana Eva (2010) y Liz en septiembre (2015). Como Torres y Jakubowicz, hay realizadores que, después de debutar en su país natal, hicieron sus siguientes producciones en otros lugares. Joel Novoa Schneider —que ya ha rodado en Inglaterra y Estados Unidos tras Esclavo de Dios (2013)— forma parte de una lista a la que habría que agregar a Diego Velasco —que después de Hora cero (2010) anunció que va a rodar en Estados Unidos Victim321— y a Lorenzo Vigas —que tras ganar el León de Oro en Venecia con Desde allá (2015) dijo que va a hacer su nuevo título en México.

Hay otros casos de cineastas que emigraron de Venezuela por razones personales o académicas y han desarrollado su carrera en el extranjero sin filmar un largo en su nación. Andrés Duque viajó en 2001 a cursar el Máster en Documental Creativo de la Universidad Abierta de Barcelona. Su filmografía incluye ya siete películas españolas —entre largos y cortos—, una nominación a los Goya por Iván Z (2004) y el Gran Premio del Festival Punto de Vista por Oleg y las raras artes (2016), entre otros reconocimientos. Sebastián Gutiérrez —quien tiene seis largos estadounidenses— ha rodado con Emma Thompson y Alan Rickman (El beso de Judas, 1998), con Josh Brolin (Problemas de mujeres, 2009), con Joseph Gordon-Levitt (Elektra Luxx, 2010) y con Danny DeVito (Girl walks into a bar, 2011; y Hotel Noir, 2012). Shariff Korver, en cambio, hizo en Holanda Infiltrant (2014) y Jorge Hernández Aldana tiene en México El búfalo de la noche (2007) y Los herederos (2015). A ellos habría que agregar cortometrajistas dispersos por el mundo: Juan Coello en Inglaterra, Caloguero Salvo, Eduardo Fierro, Sharon Waich, Francisco Lupini Basagoiti y Virginia Urreiztieta en Estados Unidos, Valerio Mendoza Guillén en República Checa, o Diego Ramalho en Portugal, por mencionar algunos que han rodado afuera.

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Joel Novoa Schneider (Nueva York, 1986) lleva el cine en la sangre. Criado en Caracas, hijo de los directores José Ramón Novoa y Elia Schneider, siempre estuvo cercano al set. Hizo de extra y asistente en algunas películas de sus padres hasta que dirigió sus cortos Cadena reversible (2006), Zona cero (2009) y Machsom (2013). Su primer largometraje, Esclavo de Dios (2013), una coproducción venezolana con Argentina y Uruguay le llevó a participar en festivales internacionales (Huelva, Palm Beach, Mar del Plata). Fue en uno de esos certámenes donde una agente de ventas vio su filme y, tiempo después, le propuso hacerse cargo de la secuela de ID, el thriller futbolístico sobre fanáticos ingleses. ID2: Shadwell army, rodado en 2015 en la ciudad de Hull, fue adquirido por Universal Pictures para su distribución en Reino Unido y Australia.

El venezolano rodó en marzo en Estados Unidos su tercer largometraje, Day of Reckoning, una obra de corte sobrenatural sobre seres que invaden la tierra. A los productores los conoció en el Festival de Berlín. Luego de una serie de reuniones le hicieron llegar el guion. “Lo leí y me gustó por la intensidad del contenido y por el reto a nivel de efectos visuales que representaba, mundo al cual no me había enfrentado de esa forma. Es una película llena de criaturas creadas en la imaginación”, dice. Sus próximos proyectos incluyen Underneath, que rodará en Minnesota, y Afpak, que se encuentra en desarrollo. Los Ángeles será su sitio de residencia hasta final de año. Allá se hará cargo de un episodio de una serie de televisión sobre superhéroes. Trabaja de la mano de su manager Peter Meyer, quien le hace llegar los textos. “Muchos los descartamos, pero entre tantos siempre aparece uno que vale la pena. Debido a mi condición hiperactiva, por lo general soy autogestor de mis proyectos. La mayoría de los trabajos han sido coincidencias afortunadas de estar en los lugares correctos en el tiempo correcto”.

Joel Novoa Schneider desea volver a rodar en Venezuela en un futuro, realizar temas más cercanos a su origen. “Mis trabajos en el extranjero son acerca de hooligans, criaturas, fantasmas y superhéroes, pero varias de las historias que me apasionan están en mi país. Lamentablemente, me niego a aceptar las condiciones que hay hoy. Hay cosas que tienen que cambiar. La gran diferencia es que en Inglaterra y Estados Unidos hay un concepto mucho más desarrollado de industria. Lo que pides lo vas a tener. En Venezuela el cine es más improvisado. Además, tenemos una gran carencia de guionistas. Con honestidad, me sentiría un poco solo a nivel creativo y a nivel de producción en este momento en mi país”. Por ahora, trabajo en el extranjero no le faltará.

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El nombre de Shariff Korver (Caracas, 1982) no suele mencionarse en medios nacionales. Hijo de una venezolana y un holandés, vivió desde los seis años y hasta los 18 en Margarita. De joven, primero quiso ser pintor; después, futbolista; más tarde, músico. Hasta que se mudó a Amsterdam decidido a ser cineasta, influenciado por un amigo de la infancia que le inculcó su pasión por las películas. “Me vine porque sabía que aquí tenía más oportunidades de desarrollarme. Nunca pensé en estudiar audiovisual en Venezuela”, recuerda. Tardó seis años y cuatro intentos para ingresar a la Netherlands Film Academy, de donde egresó en 2011 como director de cine de ficción. Mientras esperaba por el cupo, vivió en España y Alemania, hizo talleres y se ganó la vida con videos musicales. Realizó dos cortos en Holanda —De weg naar Cádiz (2009) y No way back (2011)— y una película de televisión en Curazao —Mi Kulpa (2013)— antes de rodar su primer largo —Infiltrant (2014)—, un thriller sobre un agente de policía holandés que debe infiltrarse en una organización marroquí de narcotráfico. La película se exhibió en el Festival de Toronto, entre otros certámenes, y tuvo su estreno en Holanda.

Hoy Korver prepara su segundo filme, uno bélico sobre soldados holandeses que viajan a Afganistán. Mientras, dirige episodios para series de televisión. Tiene su agenda copada para los próximos dos años. Korver no se siente parte del gremio de cineastas venezolanos, aunque le gustaría serlo. La única cinta de su nación que recuerda haber visto es Secuestro express, de Jakubowicz. “Me encantaría hacer una película que tuviera algo que ver con mi país, solo que llevo tantos años fuera que se me hace difícil encontrar la historia. Todos mis recuerdos son de los 90.Tendría que conseguir algún guionista de allá. Sé que algún día, puede ser mañana o quizás en 20 o 30 años, tengo que hacer un largometraje en Venezuela. De momento, mi primera meta es filmar todo lo que pueda en Holanda. Sé muy poco sobre cómo funciona el sector hoy en mi tierra, pero dudo que hubiese sido cineasta si me quedaba allá”. Korver no suele hablar español en Amsterdam. A veces, durante la entrevista, le cuesta encontrar la palabra adecuada. Dice lonely en vez de “solitario”, dice crime en vez de “crimen”. Su cine, por ahora, se escribe en neerlandés. Su cine, por ahora, tiene entre sus referencias a realizadores como Jacques Audiard, Steven Soderbergh y Alejandro González Iñárritu. “No me molestaría si en un futuro dicen que mi cine es tan bueno como el de ellos”. Si eso pasa, quizás su nombre comenzará a ser pronunciado más seguido en Caracas o Margarita.

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Jorge Hernández Aldana (Caracas, 1969) vive desde hace unos años en Ciudad de México. Su historia podría resumirse así: en 2002, su obra Un primer paso sobre las nubes ganó el Festival de Cortometrajes de Caracas. Uno de los miembros del jurado fue el mexicano Guillermo Arriaga, otrora guionista de Alejandro González Iñárritu. La película le gustó tanto al escritor que le propuso hacer varios proyectos en el país norteamericano. El primero fue el corto Aprendiz (2005); el otro fue El búfalo de la noche (2007), la adaptación de la novela homónima del propio Arriaga. El largometraje, protagonizado por Diego Luna, tuvo su estreno mundial en el Festival de Sundance e incluyó al venezolano en la lista de cineastas a seguir que hace la revista Variety. Antes, en el 94, Hernández Aldana había dejado la Ingeniería en Computación para ir a estudiar a la Escuela de Cine de Lodz, en Polonia. Allá vivió hasta que se fue a México.

El búfalo de la noche hizo que, entre 2008 y 2010, Hernández Aldana diera el salto a Los Ángeles con un contrato firmado con la empresa Working title —responsable de las películas de los hermanos Coen, entre muchas otras oscarizadas—, para dirigir un filme de 20 millones de dólares que, con la llegada de la crisis económica mundial, no se realizó. Al caraqueño le tocó volver a México para replantearse su carrera —tampoco logró concretar la adaptación de La otra isla, la novela de Francisco Suniaga. Le tomó años terminar su segundo largometraje, Los herederos (2015), que se estrenó en el pasado Festival de Morelia.

El venezolano intentó hacer el filme en su país, pero el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) rechazó el guion en sus convocatorias de financiamiento. Michel Franco —Después de Lucía (2012), Chronic (2015)— le hizo la propuesta para dirigirla en México y no lo dudó. “Fue una forma sencilla de reencontrarme con películas de bajo presupuesto, que no tienen nada que ver con grandes estudios”, dice. Ahora, a la espera de su estreno comercial en salas, prepara su tercer largo, que rodará a fin de año o principios de 2017 en suelo azteca. También tiene planes de hacer otro en su nación de origen. “Volveré a insistir con el CNAC. Yo me siento cercano al cine venezolano. Ha habido un crecimiento de nuevos autores que han empezado a tomar presencia en el mundo. Aunque mi trabajo ha estado lejos, siempre me he mantenido presente. México me permitió reencontrarme con el público latino. En Venezuela no estaban dadas las condiciones para lo que tenía planeado. Si ya es difícil vivir del cine en cualquier parte, allá aún más”. Su habla deja colar un acento mexicano.

Jorge Hernández Aldana no descarta Hollywood de su futuro. Ya estuvo, ya conoce parte del monstruo y aún hoy mantiene relaciones con Working title. “Me interesa explorar otros terrenos, medirme en otras circunstancias, hacer cine en Estados Unidos. El asunto es tener el proyecto adecuado y para eso trabajo, no para hacer cualquier película. Me interesa contar cosas que me gustaría ver y que no se han hecho”. Mientras, desea filmar más en Latinoamérica: no quiere que pasen ocho años para volver a rodar.

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Muchas de las películas hechas por los cineastas nacionales en el exterior no se han proyectado en Venezuela. La Asociación de la Industria del Cine solo tiene registros de taquilla de El beso de Judas (Gutiérrez, 1998) —estrenada el 28 de junio de 2000, llevó a 16450 espectadores a las salas— y de El búfalo de la noche (Hernández Aldana, 2007) —estrenada el 30 de junio de 2007, vendió 1959 boletos. El Festival Euroscopio 2013 también exhibió My name is Justine —del caraqueño Franco De Peña, que representó a Luxemburgo en los Óscars de 2006. De momento, la lista de próximos estrenos de la cartelera local no incluye ni Hands of Stone (Jakubowicz), ni Day of Reckoning ni ID 2 —ambas de Novoa Schneider—, ni Infiltrant de Korver ni Oleg y las raras artes de Duque, ni Los herederos de Hernández Aldana. El crítico Pablo Gamba cree que se debe a la apatía del sector: “Lo que percibo es que son pocos los cineastas, funcionarios, empresarios y críticos interesados en seguir la carrera de esos venezolanos. Y a los pocos que nos interesa se nos hace difícil tener acceso a las obras, mucho más pensar en traerlas al país, al menos en las actuales circunstancias”. José Pisano, de Blancica Cinematográfica y el Trasnocho Cultural, expuso otras razones: “Se debe a un tema de distribución. El control de cambio de divisas nos aleja cada vez más del resto de los mercados y convierte a nuestro territorio en un lugar de poco interés, en lo económico, para productores extranjeros”. Emigrar de Venezuela para hacer cine también significa estar lejos de su público.

Publicado en la Revista Clímax.

(Composición gráfica: Víctor Amaya)

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