Lorenzo Vigas, cine entre amigos

Lorenzo VigasLorenzo Vigas (Mérida, 1967) tuvo su primera cámara de video a los catorce años. El regalo cortesía de sus padres le sirvió para dar sus primeros pasos en el cine. Junto a sus amigos, comenzó a realizar películas caseras. “Producciones raras para los demás”, las llamaba. Y casi todas eran de suspenso, el género preferido por aquella época para el director, que hoy puede jactarse de ser el primer venezolano en competir por el León de Oro del Festival Internacional de Venecia, gracias a su largometraje Desde allá (2015).

El séptimo arte siempre fue una afición para el merideño, que se la pasaba pegado por horas frente al televisor. Un filme tras otro, incluso sin dormir. “De niño no podía dejar de ver cintas hasta las 6.00 de la mañana”, dice el cineasta que encontró en su papá, el pintor Oswaldo Vigas, a su aliado ante la pantalla. Lo que se inició como un hobbie pudo más que todo. Porque Lorenzo quiso, al principio, ser futbolista; luego, windsurfista; después, biólogo. Hasta que descubrió que había en él una necesidad de contar historias.

Lo que sí tuvo claro Vigas desde la adolescencia es que la pintura no le interesaba. Alguna vez la probó para confirmarlo. “Un día hice un cuadro para ver qué se sentía. No me transmitió nada”, recuerda. Eso sí: ser el hijo único de uno de los creadores más importantes de la plástica en Venezuela, criarse entre tantas obras de arte, le dejó algo para su oficio. “Cuando decidí ir a México a aprender a escribir guiones ya tenía dentro de mí, en los genes, una herencia visual”.

Antes, el joven Vigas fue capitán del equipo de fútbol del Colegio Francia de Caracas. De Mérida, donde nació y vivió sus primeros tres años, no tiene memorias. Ya graduado como bachiller, se fue a estudiar un TSU en Oceanografía en la Fundación La Salle de Margarita. Allá alternó sus clases con el windsurf. Un crédito de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho le permitió ir a obtener su licenciatura en Biología en la Universidad de Tampa, que consiguió mientras jugaba en el elenco de soccer de la institución. “Quizás, de forma inconsciente, recorrí los pasos de mi padre: primero fue médico antes de dedicarse a pintar”, explica. Ya en Boston, a punto de terminar una maestría en Biología molecular, lo dejó todo por las cámaras. “No aguantaba más. No me imaginaba encerrado en un laboratorio ni como profesor universitario. Tenía que expresarme a través de las imágenes”.

Lorenzo Vigas no quiso volver a estudiar una carrera para aprender cine. Optó por realizar algunos cursos para llenar vacíos. Hizo uno de dirección y otro de dirección de actores en Nuevo York. Ya de regreso en Venezuela, en el 98, se hizo cargo de la serie Expedición, que transmitía RCTV. La compañía Cinesa lo contrató luego, entre 1999 y 2001, para dirigir micros y documentales. “Esa fue mi escuela”, aclara. Tanto como lo fue el mexicano Guillermo Arriaga, quién le enseñó a escribir guiones en el país norteamericano. O todos los filmes que vio y lo marcaron: “(Ingmar) Bergman me cambió: con sus películas me di cuenta de que se podía hacer un cine que mira hacia adentro de las personas”. Ya después aparecieron los nombres de Nuri Bilge Ceylan, Michael Haneke, Bruno Dumont, Lucrecia Martel, Carlos Reygadas o Andréi Zviáguintsev, entre sus actuales referentes.

Fue en 2002 cuando Vigas hizo su primer rodaje profesional. El corto Los elefantes nunca olvidan, que produjo Arriaga, le abrió puertas en el exterior: se exhibió en el Festival de Cannes 2004 antes de pasar por Brasil, Inglaterra, México, Marruecos, Francia y España, entre otros certámenes. Entonces, volvió a rodearse de afectos para su primer largometraje, ahora por estrenar: los directores mexicanos Michel Franco y Gabriel Ripstein, el actor Edgar Ramírez, el productor venezolano Rodolfo Cova y el propio Arriaga respaldaron su proyecto. Incluso la esposa de Vigas, Marianne Berti —que ya está por dar a luz a su primogénito— trabajó en la película. “Para un cineasta hacer equipo es importante. Tener a un grupo de colaboradores que te acompañen, que te de sus sugerencias, que muestren sus reacciones. Yo lo he conseguido con todos esos hermanos que adquirí de la vida”.

Transcurrió una década para que Vigas concretara el filme. Reescritura, cambios de locación, otros trabajos. “Necesitaba pasar por algunas cosas: filmar a mi papá durante cinco años para un documental que está casi listo, pulir el guión de la película, que madurara, que encontrara su espacio y su momento”, explica. Mientras, se dedicó a la fundación que lleva el nombre de su padre. Así, Desde allá —la segunda parte de una trilogía sobre la paternidad que se inició con Los elefantes nunca olvidan y seguirá con La caja, otra cinta de ficción ya escrita— halló un lugar en Venecia, San Sebastián y Toronto. Hoy, Vigas muestra su cine al mundo. Y pensar que todo comenzó con aquellas “Producciones raras para los demás” que hacía entre amigos.

Publicado en la Revista Clímax.

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