Claudia Noguera Penso, sin las prisas de Caracas

El padre de Claudia Noguera Penso (Caracas, 1963) le regaló una máquina de escribir a su hija cuando ella apenas tenía catorce años. Fue en esa Royal —perdida en alguna de las mudanzas— que la poeta tecleó sus primeros intentos literarios: unos versos en rima que engrapaba para obsequiárselos a su gente. Ya entonces quería, de grande, ser escritora. No sabía si de poesía, de narrativa o de cualquier otra cosa. Sólo quería escribir. Su pasión por las letras la heredó de su mamá, una ama de casa que también tomó de su propia madre el hábito de la lectura. Aficionada a los clásicos de la biblioteca familiar, la joven Claudia se acercaba a sus estantes para agarrar más de un título con o sin el permiso de sus padres —él entrenador de caballos profesionales, ella dedicada al hogar. Cuando no era la literatura, era el cine, el teatro o los museos. El arte siempre estuvo cerca. Solo que su vocación tuvo que esperar para que se concretara.

Las mismas personas que le permitieron aproximarse a la cultura le prohibieron estudiar Letras en la universidad. O Filosofía. O alguna otra carrera que no resultara lucrativa. Sus rebeliones no funcionaron: Noguera Penso estudió Derecho para complacer —o por imposición, más bien— a sus padres. “Les entregué la medalla y el título y les dije ‘hasta aquí llego yo’. Nunca ejercí”. Sus prioridades fueron las traducciones, el mercadeo, los trabajos esporádicos en periódicos y revistas y, sobre todo, los talleres de formación literaria que realizó en la Fundación Celarg y otras instituciones. Luis Alberto Crespo, Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata, Rafael Osío Cabrices. Maestros que la ayudaron a mejorar su escritura, a conocer autores esenciales. “Uno tiene que estudiar a los clásicos si quiere escribir”, dice. Y así leyó a Alejandra Pizarnik, a Sylvia Plath, a T. S. Elliot, a Rafael Cadenas, a Yolanda Pantin, a Ramos Sucre, a los rusos, a los franceses.

En paralelo, escribió y escribe. Primero fue Nada que ver, publicado en 1986 —“que ya no me gusta tanto”, dice—; luego Último trecho (1998) y El viaje (2001). Hasta que llegó Caracas mortal (2015), que fue una instalación gráfica en Paseo Las Mercedes antes de convertirse en un poemario editado por Óscar Todtman. Cuatro libros en casi treinta años. Noguera Penso no se apresura por publicar. “Tengo una pésima disciplina para escribir. No me obligo a hacerlo sino que me siento cuando tengo ganas. Soy lenta. Tampoco tengo afán por eso”.

Claudia Noguera Penso siempre compartió la escritura con otros oficios. Ya se sabe que de la literatura solo viven los best sellers o autores ya consagrados. Y a veces ni esos. Hoy la poeta maneja redes sociales. O lo que se conoce en el mundo digital como Community manager. Antes, tenía una empresa de diseño con la que solía hacer trabajos para el sector cultural. También estuvo Cincuenta de Cincuenta —otro de los sueños de toda la vida—, una editorial independiente que fundó en 1996 y que cerró tras siete años por la crisis del país.

Ahora, que ya no están sus padres ni su empresa, le queda la poesía. Caracas mortal, la más reciente publicación, es su prueba de amor a la ciudad. La de los excesos: “Necesito una ciudad menos amarga que deje de golpearme en los costados”; la de la violencia: “En este país la muerte nos parece familiar, es un café, una arepa, las monedas del pasaje”; la de los placeres: “Esta ciudad, inevitablemente nos abraza y anuda”. Ya dijo el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa que mientras más duros sean los escritos de un autor contra un lugar más intensa será la pasión que lo una a él.

Fue un día, al salir de su oficina en San Bernardino, hace ya trece años, cuando Noguera Penso vio a un hombre hurgar en un basurero para comerse un pescado descompuesto. Esa imagen, tan anormal, tan cotidiana, fue el detonante de su obra, un híbrido entre lo íntimo y lo colectivo. “Toda mi vida he tenido una relación ambigua con la ciudad. Milagros Socorro dijo en el bautizo del libro que Caracas es como una madre. Ahora que ya publiqué el poemario y mi mamá está muerta entendí que ya cumplí mi labor aquí”. Vendrán otras historias, otras mudanzas, otras ciudades, otras máquinas, otros poemas.

Publicado en Revista Clímax.

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