Alberto Salcedo Ramos, el flautista de Barranquilla

Alberto Salcedo RamosEl día que nació Alberto Salcedo Ramos una llovizna cayó sobre la ciudad de Barranquilla. Ese día, el 21 de mayo de 1963, Ledia Ramos Quiroz dio a luz a uno de los mejores periodistas literarios de América Latina. Claro que eso, lo de la lluvia y lo de su oficio, lo sabría mucho tiempo después. Lo primero se lo contó alguna vez su madre; los elogios ya lo han dicho unos cuantos.

Jon Lee Anderson:

—El colombiano Alberto Salcedo Ramos es un cronista de cronistas. Conoce su país desde las entrañas, y nos lo cuenta con una pasión manifiesta por el arte de narrar.

Daniel Samper Ospina:

—Salcedo Ramos es el mejor cronista que tiene el país.

A Salcedo Ramos le dio por escribir en las últimas semanas textos en los que recuerda anécdotas de sus inicios. Que al principio escribía sin pensar en algún editor que lo publicara, que una vez sufrió una humillación de uno de los jefes de un diario de Cartagena en una entrevista de trabajo. Lo hace con cierto propósito pedagógico: para que los jóvenes que hoy viven eso sepan que él también ya lo vivió.

Porque antes de que Salcedo Ramos se convirtiera en lo que hoy es, fue sólo un chico que había nacido un día de lluvia. Que escuchaba historias en las esquinas de Arenal, un pueblo perdido en Colombia en el que se crió con sus abuelos desde que tenía cuatro años. Fue ahí que tuvo su contacto inicial con la literatura.

—Los primeros libros que leí no eran escritos sino orales. Luego llegaron los que me asignaron como tarea en el colegio. Me dijeron: ‘léase Hamlet, léase a Rulfo’, y leí Hamlet y a Rulfo. En ese momento se me despertó el gusto por la lectura.

Ya de niño había descubierto el poder de las palabras. Una vez contó que en su infancia unió a un ordeñador con una señora que trabajaba en su casa a través de cartas que él les escribía sin que ellos lo supieran. Como esa, podría contar varias otras anécdotas.

—Hubo muchos episodios de mi vida adolescente que me llevaron a pensar que mi futuro iba a depender del lenguaje. Te pongo un ejemplo: tengo una hermana menor con la que a veces dejaba de hablarme. Cuando peleábamos, siempre era yo el que tenía que hablar primero. Lo hacía a través de un mensaje escrito. Ella se ponía a llorar y me abrazaba. Noté que me encantaba producir ese efecto: escribir algo que generara emotividad en otro o en otros.

Alberto Salcedo Ramos supo en esos años que su talento era contar historias. Primero lo intentó con el fútbol. Descubrió que prefería quedarse afuera de la cancha a narrar un partido en vez de jugarlo. Porque así la chica linda que todos miraban lo miraba a él, porque así el jugador habilidoso que el resto observaba, también lo observaba a él. Como si fuera el flautista de Hamelín que encantaba con su sonido.

Así llegaron los cuentos (“dos o tres que publicaron en revistas”), los vallenatos (“que tampoco eran afortunados”), el periodismo. Su regreso a Barranquilla, su mudanza a Cartagena. Su amor por el oficio.

—Cuando empecé a ejercer periodismo supuse que era una estación de paso hacia mi destino que era, según creía, la literatura de ficción. Pero descubrí que ahí también se pueden contar historias que toquen un corazón, que transformen a un lector, que hagan memoria, que puedan ser perdurables en el tiempo. Una vez que descubrí todo eso, no sentí la necesidad de tomar el otro tren.

En el camino aparecieron Camus, Dostoievski, Kafka, García Márquez, Cortázar, Hemingway. Autores con lo que pudo encontrar un tono (“en los libros oigo voces que me ayudan a oír mejor mi propia voz”). Luego, la renuncia al diarismo para dedicarse sólo a hacer crónicas. Hasta llegar, o mudarse, más tarde a Bogotá.

—Sentí que mi ciclo en los diarios estaba agotado, que quería explorar otras vías más afines a mi naturaleza de narrador. A mí me gusta mucho retarme. La gracia no está en hacer sólo lo que siempre has hecho sino en algún momento ser capaz de dinamitar tu propia fórmula. El periodismo me ha ayudado a ser una mejor persona. Me ayuda a ver al otro, a entender al otro, a oír al otro. El periodismo me ha hecho viajar por muchos espacios geográficos, pero también me ha hecho viajar adentro de mí mismo.

Salcedo Ramos ya ha publicado cinco libros de no ficción. Tenía 28 años cuando presentó Diez juglares en su patio (1991), en coautoría con Jorge García Usta. En 2011, recopiló una antología de sus crónicas en La eterna parranda. Al colombiano le gustan los personajes de la cultura popular: cantantes de vallenatos, boxeadores caídos. Cuenta en sus textos lo que no dicen las redes sociales. Da talleres y charlas para poder hacer lo que le gusta: contar más historias.

—Hay que ser necio. Resistir. Si uno quiere construir una obra no puede quejarse siempre. Cuando se trabaja sólo para el estómago se vuelve mercenario. Por eso también hay que trabajar para el corazón. Cuando uno se dedica a lo que le apasiona, en algún momento sangra. Pero vale la pena sangrar para seguir en eso.

—¿Y no siente ganas de volver a escribir ficción?

—No, pero no quisiera morirme sin haber intentado meterme ahí a ver qué pasa.

Un epitafio suyo, o un borrador de epitafio, diría:

—Estoy aquí empezando esta historia que no podré contar.

Publicado en El Universal.

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