Dime cómo escribes

Gustavo Valle: “Un bóxer es idóneo para un escritor”

Escribir es en sí mismo una manía, una secreta demencia, un estado de furor que contiene a su vez otras pequeñas manías subalternas que cada autor practica. En mi caso esas manías no son ni muy excéntricas ni medulares, pero para sentarme a escribir requiero tener un chinchorro a la vista, una ventana por donde espiar a los vecinos y un escritorio en estado de desorden.

Suelo sentarme en las mañanas, después de llevar a mi hijo a la escuela. He descubierto que un bóxer es la indumentaria idónea para un escritor. No fumo ni bebo ni como caramelos mientras escribo. Me gusta deambular por la casa: soy de los que piensa que las ideas brotan al caminar. Y después de horas de trabajo cuelgo la cosecha del día en mi terraza imaginaria y la pongo a secar. Al día siguiente, o a la otra semana, descuelgo esas páginas ya secas; las plancho, las doblo y las guardo en una gaveta hasta nuevo aviso. Escribir es mi rutina doméstica para ordenar la confusión.

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Eloi Yagüe: “A mano me concentro mejor”

Soy muy sensible a los ruidos, y en el lugar donde vivo se registra un alto nivel de contaminación acústica. Anteriormente podía escribir con música (jazz) pero ahora no puedo, me concentro más en ella que en lo que estoy escribiendo.

Generalmente escribo en mi laptop pero me distraigo mucho con Internet y las redes sociales, por ello he vuelto a escribir a mano, me concentro mejor. Luego paso en la laptop y así hago una primera corrección. Para escribir a mano uso grandes blocs amarillos y bolígrafos Bic de tinta negra.

No planifico mucho, los cuentos los escribo de un tirón, siguiendo la indicación de Julio Cortázar. Cuando se trata de novelas, debo escribir sinopsis y listas de personajes.

Al escribir me entra una especie de euforia creativa y no me siento a comer sino que cada dos horas me tomo un café y pico algo. No bebo alcohol ni fumo, cultivo la sobriedad. Para adicciones, con la literatura me basta y sobra.

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Laura Antillano: “Requiero de una habitación vacía”

Requiero de la habitación vacía, de personas, no de objetos. Un lugar donde no esté, al escribir, nadie más que yo. Me gustan las plantas cercanas y hasta las ventanas, pero es necesaria la soledad. Las horas de la mañana o la madrugada son para mí las mejores.

Suelo hacer anotaciones en pequeñas libreticas, una sensación, una escena en la calle, un aroma, algo recordado a partir de un detalle insignificante puede llevarme a escribir algunas palabras que al estar ante la pantalla del computador, me servirán para recordar o construir, lo que quiera contar.

La maña de la anotación la aprendí de mi tío Alfredo Armas Alfonzo, quien anotaba hasta en el papel de su cajetilla de cigarrillos y luego reunía en casa esa infinita cantidad de pequeños listones en bolsas plásticas, que vaciaba al escribir. Me gusta tener el escritorio cerca de una ventana que muestre el cielo, la montaña, un lugar que señale lejanía, se ha vuelto manía con los años.

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Edgar Borges“Hago malabares con el bolígrafo”

La observación es el punto central que me motiva a escribir. La particularidad de algo o de alguien me hace detener y se convierte en un punto fijo. En ese momento el punto fijo implosiona, se destruye, la imaginación vuela, la realidad de ese hecho se trastoca y comienzo a suponer las otras realidades que giran alrededor. De esos puntos alterados nacen mis historias con otro orden, con otra lógica. Luego la escritura la realizo en mi casa, algunas veces a mano y otras en ordenador. La escritura a mano me da la ventaja de que para concentrarme hago malabarismos con el bolígrafo, y la verdad es que aún no he logrado hacer malabarismos con el teclado. Mientras más pasan los años más reviso y menos escribo. Me gusta escribir por las mañanas y por las noches. Debo confesar que últimamente la observación me está haciendo sospechar que la mejor historia está en el silencio, como si la mejor literatura hubiese que sentirla y no contarla.

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Rafael Castillo Zapata: “Escribo incluso en márgenes de un libro”

Escribo cuando se produce esa pequeña conmoción espiritual que me obliga a darle forma escribiéndola. Esto puede ocurrir en cualquier parte y sin aviso. Cualquier soporte es, entonces, adecuado. Pero, generalmente, como esa conmoción suele producirse mientras leo sentado en mi butaca en mi estudio, escribo en alguna zona despejada de mi escritorio, o en una tabla sobre las piernas, sin levantarme del sofá. A veces escribo incluso en los márgenes del libro que leo. Escribo de preferencia a mano, con pluma fuente, con tinta negra y en un cuaderno de bolsillo. Sin más rito ni manía, ni superstición ni melindre. Escribo de golpe y de un golpe: una sensación, una inquietud, una especie de nebulosa mental y cordial me posee y me empuja a escribir. (Esta nota, por ejemplo, la acabo de escribir en la pantalla del celular, tecleando en medio de una conferencia, cuyo ruido de fondo acompaña y empaña lo que escribo al vuelo de los dedos sobre el minúsculo teclado).

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Sonia Chocrón: “La tecnología es mi tercera mano”

8:00 am. Desde el día anterior sé lo que tengo que escribir. De no hacerlo así, mi vocación natural por el ocio me atraparía. (Cuando escribo poesía, el punto de partida es una libreta que reposa en mi mesa de noche y en la que tomo notas, palabras, antojos, gestos y melancolías, a mano y en bolígrafo. Ese es un cronograma que se completa poco a poco, a lo largo del tiempo, y que escapa a toda rutina. Para todo lo demás, la tecnología, es decir el ordenador, es mi tercera mano. Las palabras, mi parque de diversiones).

Tengo un espacio sagrado: un estudio pequeño como un vientre. Y allí, desde las paredes, me vigilan los retratos antiguos de todos mis difuntos y un ejército de ángeles de madera. Juego, lucho, a veces la música, a veces silencio. No releo. Sólo escribo. Insisto, persisto. Y escribo. Hago recreos breves, sólo para hablarle al Twitter. Y fumo, y vuelvo a escribir a gusto con el Ávila a mi lado.

2:00 pm. Boto tierrita y no juego más. Tengo otra vida.

Publicado en El Universal.

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