El país(aje) de Willy McKey

Willy McKey: “Alguna vez en tu vida tienes que comprar un libro en un restaurante chino”.

***

Claudia Sierich, la poeta, fue la primera que llegó al local. Pidió un Paisajeno, después una cerveza. Willy McKey (Caracas, 1980) sacó de su bolso un libro que luego selló (Ejemplar Nº 377/500, expedido en: El Mejor, 16 de agosto de 2012). Fue la venta inicial de la noche.

Erick Boscán ya estaba ahí. Dejó la barra para acercarse a la mesa. Se presentó. “No te vi pasar”, le dijo al poeta. O no lo reconoció, quiso decir (antes sólo se habían escrito por Twitter). Le pidió dos Paisajeno: uno para él; otro para una amiga que llegaría un rato más tarde. De a poco entraron más lectores-compradores de la nueva obra del autor capitalino, que anuncia las ventas por Internet.

McKey va de tasca en tasca para vender sus poemarios. Performancista, comerciante, publicista de sus productos. El costo siempre varía. Lo vende a precio del barril del petróleo (ese día Bs.116; la semana pasada, Bs.100), reflejo de la volatilidad de la economía venezolana. Dos Paisajeno más para dos personas que se integraron a la tertulia.

El libro no está en las librerías. Hay que buscar al escritor.

—Escojo los bares, también plazas o cafés, porque me interesan estas cosas: gente en contacto, recomendándose libros. Eso enriquece el proyecto. El otro día sacaba la cuenta: calculé que en cada jornada tenía que vender cinco libros para que todo tenga sentido. Dependiendo de la cantidad que venda, varía lo que puedo consumir en el bar.

—¿Otla londa?- preguntó el mesonero del bar chino.

La mesa estaba llena antes de las 8:00 de la noche. De botellas y libros. Ya se sabe que los restaurantes chinos son más licorerías que otra cosa. Nadie come, todos beben. Azul, negra, verde. También podrían ser colores patrios. Lectores de poesía que se conocen. Mucho gusto, Claudia; un placer, Jesús; encantada, Cecilia; hola, Cristal. Los chinos observan la parafernalia alrededor. No entienden nada. País ajeno.

El título del libro ya asoma lo que el lector encontrará adentro: un poemario que puede prestarse a distintas interpretaciones (la otra más evidente es “paisaje, no”). Uno toma la que quiera.

—Varios lectores me han hecho saber que la experiencia de un país ajeno, el país del sujeto lírico del poemario, empieza a evocar el país personal de cada quien, el país propio. En esos 30 años que están en el libro, la persona se conecta con momentos que identifica.

Paisajeno es un gran collage que mezcla fragmentos de su memoria (“en El Caracazo vi mis primeros muertos, la imagen que me quedó grabada es una caja de Cheez Whiz estallando en el piso”, dijo McKey), con retazos ajenos: hay música (Charly García, Willie Colón, Bob Dylan, Fela Kuti), política (“el poeta tiene que evitar estar del lado del poder porque entonces escribe himnos”), literatura (“yo soy la retina de Borges. Yo soy el fémur de Cortázar. Yo soy el veredicto de Wilde. Yo soy el circo de Hanni. Yo soy el insomnio de José Antonio”, escribe en la última página del libro), cómics (adaptación a hiperpoema infrarrealista de El llanero solitario). Postpoesía diría el bardo español Agustín Fernández Mallo. Textos arriba y debajo de la hoja.

—El libro empezó a escribirse como un poemario tradicional, pero creía que los comportamientos de textos en prosa largos no debían ser los mismos que los cortos. Esas decisiones terminaron componiendo el artefacto. Siempre tuve la intención de que fuera un artefacto. Hasta muy avanzado no tenía la idea concreta de qué iba a ser esto.

—Shhhhhh— siseó Claudia— que lo están entrevistando.

Un nuevo cliente entró.

—Chamo, voy a tener que ir a buscar más ejemplares.

(La venta fue buena: doce libros).

El concepto de Willy McKey terminó en un libro tan experimental que, quizás, aleje a más de un lector poco preparado.

—A mí me cuesta siempre esa figura del lector ideal. Yo escribí Paisajeno y siento que se tenía que escribir así. La experiencia de la poesía es una experiencia lenta, íntima, individual. Faulkner decía que escribir es escoger palabras. La poesía trata de escoger palabras precisas. Y a veces esa palabra no es de uso masivo. No sé si escribo para lectores de poesía o no. Sólo que el libro debía tener esa composición. Que la página tuviera distintas maneras de leerse era importante para mí, que leerlo de una manera o de otra fuera una decisión.

Cualquiera diría que Paisajeno es una broma seria.

—Es una experiencia lúdica. Y hay gente que se aburre con ciertos juegos. Y otra que, al contrario, se divierte de más.

Otra ronda. Salud.

El poeta anota en una libreta cada número que vende. El 373 es de Nastascha. Filma con su celular al comprador. Después pone en su sitio web quién tiene cada ejemplar.

—Cuando entras en el blog sigues la referencia cartográfica del libro. Están las canciones citadas en el poemario para que las puedas escuchar completas, pero necesitas un ejemplar para saber por qué están ahí. El filósofo Gilles Deleuze dice que lo importante de un libro no es lo que quiere decir, sino las cosas con que se conecta. También es un intento personal como editor de ver en lo digital un complemento del papel y no una competencia o un sustituto.

Alguien nombró en la mesa a Paulo Coelho. Hay quienes dicen que existen autores que se dedican más a promocionar lo que escriben que a escribir (McKey hizo una campaña previa en Youtube).

—Yo creo que hay pocos escritores que se esfuerzan en publicitar lo que escriben. Creo que es una de las cosas que más le cuesta a las editoriales. Creo que el editor, en ocasiones, agradece que un autor sea capaz de publicitarse. Es importante hacerlo. Hay cosas que tienen que ver directamente con trabajar. Un escritor no se puede sentar a esperar a que la editorial sola haga el trabajo completo, sino que tiene que creer en lo que escribe, en lo que hace.

La entrevista terminó; la noche no, tampoco la tertulia. Se habló de todo (de Colina, del “Caribe” Palma, de He-man, de Adriano González León). Llegó la cuenta, la del estribo.

—Yo pago— dijo Boscán.

—Eso es lo bueno de las jornadas de ventas— dijo McKey. Si Leonardo Padrón vendiera sus libros así, seríamos un país feliz.

Publicado en El Universal.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s