El mito José Ignacio Cabrujas

La primera vez que vi a José Ignacio Cabrujas él ya estaba muerto. Verlo, años después, en las cercanías de la Plaza Pérez Bonalde resulta una ironía: el dramaturgo que siempre dijo que Venezuela es un país en eterna construcción, al lado de un espacio aún sin terminar. Queda claro: Cabrujas sigue siendo el mismo, el país también.

El caraqueño no luce tan imponente en persona como en su obra. Podría, incluso, confundirse con alguno de los obreros del lugar, sino fuera por su edad. Una chemise negra, un jean azul. Unos lentes tan grandes que hasta los hipster envidiarían. Es volver al pasado, en el mismo lugar en el que Cabrujas pasó sus primeros años. Donde se reunía todas las noches con sus amigos de Catia: Jacobo Borges y César Bolívar, por ejemplo. Ya de aquella época no queda nada. “El lugar donde conocí a mi primera novia no está. A nadie se lo podré mostrar. Tampoco el edificio donde viví mi infancia. Todo es así de arbitrario. Siempre he pensado que en Caracas no pueden existir recuerdos. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra la memoria”, dice el escritor, que nació el 17 de julio de 1937.

José Ignacio Cabrujas rememora su pasado con nostalgia. El tiempo en el que iba al antiguo cine España a ver un largometraje de Luis Buñuel, o a Ingrid Bergman en Casablanca. Ya eso está lejos. “Si yo echo una ojeada a mis amigos hoy en día, me encuentro con que uno es policía, otro tiene un taller mecánico. Todos íbamos a ver películas. Hasta que descubrí que yo tenía otras inquietudes, que leía cosas que quería compartir, pero ellos no querían saber nada de eso”.

—Pocos escritores pueden señalar el día y la hora en que decidieron ser escritores. ¿Usted lo recuerda?
—Fue al terminar de leer Los miserables, de Víctor Hugo, cosa que hice en medio de un mar de llanto. Debo haber suspirado ochenta y seis veces consecutivas. Entonces me dije: ‘esto es lo que yo quiero hacer en la vida’. Si las muchachas no me querían, tenía que ser escritor para que me quisieran. Escribía para lamentarme de mí mismo, de mis vergüenzas, de mis frustraciones, de sentirme incomprendido.

—Y, al final, encontró en el teatro, en las artes escénicas, la forma de protagonizar sus propios mundos, ¿no?
—Creo que el teatro es una profunda necesidad de que la gente te ame. Yo también actué y dirigí. Sobre el escenario, sientes que las personas te aman. La maravilla del teatro es que te puede hacer volar, te permite el ejercicio de la sensibilidad y de la imaginación. Conserva la capacidad de dirigirse al individuo y provocar emociones en él.

—Sus obras, de alguna manera, retratan a nuestra sociedad, la venezolana, a través de pequeños personajes. ¿El teatro también debe reflejar la cotidianidad del ser humano?
—En el arte, lo fundamental es que uno hable de lo que sabe, de lo que a uno le duele. Yo al principio escribía obras que demostraban la necesidad de hacer una revolución en el país. Hasta que comprendí que no tenía que ver conmigo. A mí no me importan los grandes temas. Me importa la gente que vive en Santa Rosalía; la mujer que sale a vender en la calle; eso que es la vida cotidiana, que es la que priva, pero de la que no se ocupa nadie: el ser humano.

—El humor también está presente en sus textos. ¿Hacer de la tragedia una burla es una característica propia del venezolano?
—El venezolano no admite lo trágico en estado puro, no concibe el sufrimiento sino hasta un cierto punto. Hay una anécdota: en una representación de Otelo, dirigida por Román Chalbaud, los espectadores le mamaron gallo a Otelo. Lo veían como una cosa cómica. Venezuela es una ley que toda manifestación trágica debe estar acompañada de su parodia. Marx decía que las sociedades ayunas de un destino histórico escribían bufonadas y que, por el contrario, cuando adquirían conciencia de un objetivo histórico escribían tragedias.

—¿Y cree que la sociedad venezolana adquirió conciencia de ese destino? ¿Que ya se alineó a un camino?
—Somos lo que estamos siendo: sólo que lo que estamos siendo resulta confuso. Si por alineación se entiende que un hombre participe de un proceso sin saber el resultado, sin saber a dónde va, esa definición se podría admitir perfectamente para nuestra sociedad.

—Usted fue comunista. ¿La revolución hacia dónde va?
—El peor error de una revolución es considerarse a sí misma absoluta, que las cosas se detienen luego de haber logrado determinados objetivos. Yo no puedo creer más en una revolución que se limite a hablarme de justicia social. Eso no me vale. Yo quiero una revolución que me diga cuáles son los valores que se me prometen. El problema del comunismo es que piensa siempre en el futuro: no vive para ahora, vive para veinte, treinta o cuarenta años adelante.

—Mucha gente querría entrevistarlo hoy por ser un ejemplo de la figura del intelectual venezolano. Hasta los que lo criticaban por haber incursionado en esa cursilería de la telenovela.
—A mí me gusta la televisión. Creo que un artista, un intelectual, puede desempeñarse dentro de la televisión. Se le acusa de ser cursi, pero esa es una acusación un poco vaga. La telenovela tiene aspectos más criticables que la cursilería. La telenovela como formato tiene su norma, la redundancia, lo sentimental; si no, el público no la va a reconocer como telenovela. La televisión no se hizo para hacer Crimen y Castigo. La televisión debe entretener. Cuando uno escribe para ese medio no puede escribir lo que le de la gana. No puedes ser libre como en el teatro. La televisión es un servicio que disuelve tu personalidad. Yo cuando hacía televisión me sentía ciudadano, cuando hacía Acto cultural no. Eso sí, tengo claro que ser dramaturgo sería lo fundamental para mí. Así comencé y así terminaré mi vida.

—¿Pero, Cabrujas, usted ya no estaba muerto?
—No, vale. Es que los periodistas inventan muchas vainas.

Entrevista imaginaria publicada en El Universal.

Nota: Las respuestas son citas textuales de Cabrujas en diferentes entrevistas o artículos periodísticos.

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