El libro que firmaría

Hay libros que a cualquiera le hubiese gustado escribir. Historias ajenas que permanecen en la memoria del lector. A Jorge Luis Borges, por ejemplo, le gustaba tanto El Quijote que se desdobló en Pierre Menard para cumplir su fantasía de escribir la novela de Cervantes (léase Pierre Menard, autor del Quijote).

A propósito de la celebración del Día Internacional del Libro, seis autores venezolanos eligieron las obras que desearían tener en su bibliografía. Alejandro Oliveros, Fedosy Santaella, Eduardo Liendo, Ednodio Quintero, Joaquín Marta Sosa y Juan Carlos Chirinos se convierten, respectivamente, en Ernest Hemingway, Boris Vian, Herman Hesse, Witold Gombrowicz, Carlo Levi y Guillermo Meneses. Un pequeño homenaje de la literatura a la propia literatura.

***

Alejandro Oliveros
Sería Feliz con haber escrito Adiós a las armas. Fue la primera novela “moderna” que leí y determinó, en buena medida, mi adolescencia. El descubrimiento de la fatalidad, no en héroes legendarios, como Hamlet o Aquiles, sino en un tipo como uno, que se enamoró perdidamente, lo dejó todo por el amor a una mujer, para encontrarse, al final, de una manera inmerecida, con la orfandad. Hace poco estuve en el hotel de Ernest Hemingway en Lago Maggiore y reviví con intensidad mi única lectura de este libro que, aunque “no es mío” me pertenece tanto como a Hemigway.

Fedosy Santaella
Me hubiera encantando firmar Lobo-hombre de Boris Vian, uno de los libros de cuentos más fascinantes que he leído. Gracias a ese libro me sentí menos solo con mi escritura. La noche, el jazz, el humor, el hastío existencial, la originalidad de sus historias y de sus personajes. Vian me pareció (y me parece) un autor valiente, que escribía las historias que le gustaban, muy unido en su búsqueda al surrealismo, el dadaísmo, pero sobre todo, a la increíble patafísca de Alfred Jarry. En Lobo-hombre hay una cantante de jazz que se excita atropellando perros, una niebla que vuelve orgiástica a toda París, un hombre que muerde a un lobo y el lobo se convierte en hombre, entre otras maravillas. Me hubiera encantado firmar ese libro de Boris Vian.

Eduardo Liendo
Siendo un lector voraz, durante mis años de prisión política en la isla de Tacarigua, mi gran descubrimiento literario fue la novela de Herman Hesse El lobo estepario. Recuerdo que contaba yo entonces 21 años y su lectura produjo un fuerte sacudimiento en mi sensibilidad y comprensión de la condición humana. Más tarde entendí que me había topado con una obra ejemplar de la modernidad literaria. El fascinante mundo del doble y la otredad me enriqueció. (…) La novela posee una estructura magistral para verter la complejidad de temas y personajes. (…) El lobo estepario conserva su vigencia literaria después de casi un siglo de haber sido publicada por primera vez. Tengo con esta novela y su autor una deuda de admiración y gratitud.

Ednodio Quintero
El libro que hubiera firmado: Cosmos, de Witold Gombrowicz. Una pareja de jóvenes descreídos, extraviados en una zona campestre, sigue el rastro de una grieta en una pared, que se prolonga a la intemperie en la figura de un pajarito muerto colgado de un alambre, y continúa en una teatral excursión que me recuerda el film de Ingmar Bergmann El séptimo sello, para culminar en una patética escena en la cual uno de los protagonistas, en un acto ritual que no es más que una manifestación de fe, introduce sus dedos en la boca de un cura que se acaba de ahorcar. Una endeble trama al servicio de la literatura pura. El triunfo de la forma. La aspiración de Flaubert de escribir una novela acerca de nada se cumple en Cosmos.

Joaquín Marta Sosa
Firmaría Dios se detuvo en Éboli de Carlo Levi. Nunca he transitado por una novela donde ficción y verdad alcancen la redondez de una empatía tan sobrecogedora y absoluta. Levi evoca su confinamiento en un pueblo perdido de la Italia rural en tiempos del fascismo, descubre una cultura al margen de la historia (…) La novela se destila con un lenguaje tan cercano a aquella comunidad que logra encajarnos en sus destinos, alejados de Dios, pues éste, afirman, “se detuvo en Éboli”, la lejana ciudad más cercana, y no fueron tocados por su mano. Así, esta novela me dijo que no son distancias y diferencias las que definen la humanidad de nadie sino la médula del alma que vive en cada persona.

Juan Carlos Chirinos
Me hubiera gustado firmar Diez cuentos, de Guillermo Meneses. Allí hay algunos de los textos de mayor calidad de la literatura venezolana; me habría encantado escribirlos —y, de hecho, tiendo a imitarlos cada vez que puedo—. De ese conjunto, cuatro son mis preferidos: Alias el Rey, que rezuma violencia en estado puro, salvaje, irracional; La mano junto al muro, el mayor experimento lingüístico con lo abyecto; El destino es un dios olvidado, la carrera hacia lo inevitable de la historia de nuestro continente; y Adolescencia, hermoso, iniciático cuento que posee una de las imágenes más eróticas de la narrativa del país: una falda pegada a los muslos de una joven preparada para ofrecerse. Exquisito.

Publicado en El Universal.

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